El análisis de la producción de Federico García Lorca posterior a 1928 revela la existencia de una poética transversal que unifica géneros y medios diversos, tales como la poesía de Poeta en Nueva York, el guion cinematográfico Viaje a la luna y las piezas dramáticas El público y Así que pasen cinco años. Esta génesis estética común se fundamenta en la asociación de elementos incompatibles y en la ruptura sistemática de la lógica. La estancia en Nueva York consolidó estos procedimientos vanguardistas, que ya venían siendo clave desde tiempo atrás en la estética de Lorca.
En el ámbito dramático, esta poética se traduce en una transgresión del teatro convencional a través de elementos que suponen una ruptura y que están cargados de simbolismo y surrealismo. Obras como El público y Así que pasen cinco años adoptan el concepto de fragmentarismo como principio compositivo fundamental. Esta fragmentación de la estructura y de la identidad de los personajes permite articular una profunda indagación sobre la interioridad humana y la función de la escritura teatral en la modernidad.
De manera específica, El público se postula como una subversiva reformulación contemporánea del modelo trágico. Mediante la oposición conceptual entre el «teatro al aire libre» (convencional y comercial) y el «teatro bajo la arena» (auténtico y depositario de los deseos reprimidos), la obra aborda las problemáticas de la verdad, la identidad y la homosexualidad, entre otras. Este experimento escénico reafirma la tesis lorquiana de que la justificación del drama exige la ruptura total de los límites establecidos.
Por su parte, Así que pasen cinco años (1931) es definida por el propio autor como un «misterio» o «leyenda del tiempo». La obra mezcla la tradición de los autos sacramentales medievales con los hallazgos de la vanguardia neoyorquina. Bajo una premisa argumental aparentemente simple, el texto despliega una estructura de alta complejidad basada en la perturbación de las convenciones temporales. El tiempo pierde su linealidad y los personajes se convierten en alegorías de la espera, culminando en un desenlace triste e inevitable donde la parálisis conduce a la muerte.