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1. Introducción

Infografía creada con IA para fines educativos. (CC BY-NC-ND)

Manuel Fernández- Montesinos, sobrino del poeta, publicó unos «Datos sobre la biblioteca de Federico García Lorca» (1988). Al estudiar los ejemplares conservados por la familia, destaca algunos libros subrayados por la mano de su tío Federico. En La vida de don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno, el joven García Lorca destaca estas consideraciones al hilo de la historia de la pastora Marcela:

Hay amores que no pueden romper el vaso que los contiene y se derraman hacia adentro, y los hay inconfesables, a los que el destino formidable oprime y constriñe en el nido en que brotaron; el exceso mismo de aquellos los cuaja y los encierra, la tremenda fatalidad de estos los sublima y engrandece. Y presos allí, avergonzándose y ocultándose de sí mismos, empeñándose por anonadarse, bregando por morir, pues no pueden florecer a la luz del día y a la vista de todos, y menos fructificar, se hacen pasión de gloria y de inmortalidad y de heroísmo... Solo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; solo cuando se cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo; solo la esterilidad temporal da fecundidad eterna

(1988: 18). 

Es fácil relacionar los ojos personales de este lector de Unamuno con las inquietudes internas de alguien obligado por el deseo a aceptar su propia homosexualidad y condenado por las convenciones a mantener una relación conflictiva con la sociedad y con él mismo. Como estudió Christopher Maurer (1994), la lucha entre la carne y el espíritu es un tema recurrente en la prosa de juventud, en esas cuartillas que llenaba de forma obsesiva entre 1917 y 1918.  

En la biblioteca de García Lorca también se encuentra subrayada una edición de De profundis (Editorial América, Madrid, 1919) de Oscar Wilde, con prólogo de André Gide. De profundis fue la carta que Oscar Wilde le escribió a su joven y aprovechado amante, Lord Alfred Douglas, desde la cárcel de Reading, en donde estuvo encarcelado entre 1895 y 1897. El poeta, empujado por su amante, le había puesto una demanda al marqués Queensberry, padre del propio Alfred, para defenderse de sus insultos y calumnias. Oscar Wilde no solo perdió el caso, sino que dio pie a la apertura de otro proceso en el que fue condenado por indecencia.

Figura 1: Óscar Wilde y De Profundis. Fuente: Imagen creada con IA (CC BY-NC-ND)

A García Lorca debió impresionarle el tono descarnado del libro y la persecución «del amor que no dice su nombre». Pero, además, hay muchos aspectos de la reflexión de Wilde que se acomodaban bien al mundo literario juvenil que el poeta había desatado dos años antes de su lectura. Valgan de ejemplo la figura de Cristo presentada como héroe romántico, la admiración por Shakespeare y por Francisco de Asís, la atracción por la experiencia mística que intenta resolver las tensiones de la carne y el espíritu y la configuración de un lazo inseparable entre el amor y el dolor del que surgen los motivos más dignos de la condición humana. El poeta subraya, por ejemplo: «Ahora me parece que el amor, sea cual fuere su calidad, es la sola explicación posible de la extraordinaria suma de sufrimiento que hay en el mundo». 

También le interesan las palabras que apuntan a la marginalidad: «Parece que la sociedad se avergonzara de su obra; huye de los que ha castigado como se huye de los acreedores, de los que no es fácil escapar; o acaso se huye del hombre a quien se ha infringido un destino irreparable».

El mundo romántico de Lorca debió sentirse fascinado ante algunas máximas de Wilde: «Todo efecto bello que producimos nos procura un enemigo; para ser popular es indispensable ser una mediocridad». O también: «Todas las personas fascinantes son viciosas. Tal es el secreto de su fascinación».