Una vez que tanto Pirítoo como Teseo enviudaron –de Hipodamía y Fedra, respectivamente–, decidieron casarse con hijas de Zeus. Con la ayuda de Pirítoo, Teseo raptó a Helena en el santuario de Ártemis, en Esparta (fig. 80); como él ya tenía cincuenta años y ella era una niña, la confió al cuidado de su madre y con Etra permaneció en Trecén hasta que sus hermanos los Dioscuros la rescataron. Pirítoo había elegido a Perséfone, así que para raptarla había que entrar en el Hades. El dios infernal invitó a los amigos a tomar asiento en sendos tronos, donde quedaron adheridos y encadenados por serpientes. Cuando Heracles bajó por Cerbero (Unidad 5.2.1), logró liberar a Teseo; Pirítoo, en cambio, se quedó allí para siempre (fig. 81).
Aunque Heracles restituyó a Teseo en el trono de Atenas, poco después fue expulsado de la ciudad por su pariente Menesteo, según Apolodoro (Epítome 1.24), o por los demagogos, según Plutarco (Vida de Teseo 35). El héroe tomó el camino del exilio y poco después murió en la isla de Esciros. Así relata Plutarco su final (Vida de Teseo 35.6 ss.).
Y, en acción de gracias, al finalizar las Guerras Médicas, los huesos de Teseo fueron llevados a Atenas y depositados en una tumba monumental, donde recibió culto público en calidad de héroe de la democracia.
Al igual que Heracles, la figura de Teseo no carece de notas sombrías, especialmente por su comportamiento innoble con las mujeres, si bien su humilde final contrasta con la apoteosis del hijo de Alcmena. De hecho, Plutarco a quien lo asimiló, fue a Rómulo, el mítico fundador de Roma (Vida de Teseo 2.1).
Licomedes (…) lo condujo al lugar más alto de la isla con el pretexto de mostrarle sus tierras: lo arrojó desde la roca y lo mató. Pero algunos dicen que Teseo, mientras paseaba sin compañía después de comer, se cayó al mar él solo, al dar un traspiés. En aquel momento, a nadie le preocupó demasiado su muerte (…) Mucho tiempo después, los atenienses decidieron honrar a Teseo como un héroe por este motivo: no pocos de los que combatieron en Maratón contra los persas creyeron ver su fantasma que, revestido con sus armas, los conducía contra los bárbaros (trad. M. Alganza Roldán).
Ambos eran hijos ilegítimos y tenían orígenes oscuros, pero se creía que habían nacido de dioses (…) y poseían inteligencia además de fortaleza. De las ciudades más famosas, uno fundó Roma y el otro, realizó la unificación de Atenas. Ambos raptaron mujeres. Ninguno escapó a desgracias y discordias familiares, y se dice que terminaron teniendo disputas con sus conciudadanos (trad. M. Alganza Roldán).