Psique y Cupido: el Alma y el Amor
Al propósito de la descendencia de Nix (la Noche), se señaló la aparición en vasos cerámicos de dos de sus hijos, los gemelos alados Hypnos (el Sueño) y Thánatos (la Muerte), cargando a un guerrero sobre cuyo pecho vuela un hombrecillo, representación del “alma”, es decir, del “soplo” o “aliento” vital cuya separación del cuerpo significa la muerte (Unidad 1; fig. 1). En otras piezas, como el ánfora del Metropolitan (fig. 2), son guerreros licios quienes, en una cara, acarrean el cadáver de Sarpedón (a), mientras que, en la otra, Eos (la Aurora) porta en los brazos a su hijo Memnón, cuya alma se aleja volando (b).
La dualidad entre el cuerpo (“sóma”) y el alma (“psyché”), que sustenta las ideas sobre la divinidad y la transmigración de las almas del orfismo y el pitagorismo, es reformulada por Platón mediante la intervención de Eros (el Amor), que impulsa al conocimiento del Bien, y de la Razón, el auriga que guía el carro de los dos caballos alados, el alma material y la divina, para que la inmortal prevalezca.
No obstante, en la Antigüedad grecorromana predomina la idea, ya presente en Homero, de que no solo el cuerpo exánime desaparece, sino que también el alma incorpórea palidece y pierde su vigor. A ello apunta esta reflexión sobre la muerte atribuida al emperador Adriano:
Animula vagula blandula
hospes comesque corporis
quae nunc abibis in loca
pallidula rigida nudula
nec ut soles dabis iocos
Alma mía pequeña, errante, tierna,
huésped y compañera de mi cuerpo,
a qué lugares te alejarás ahora,
pálida, rígida, desnuda
y ya no harás bromas, como acostumbras.
(Trad. M. Alganza Roldán)
En el periodo imperial el arte funerario aporta testimonios sobre la representación del alma, jugando con la sinonimia del término griego “psyché” (“mariposa” y “alma”), como una mariposa o bien, encarnada por una muchacha con alas de mariposa. Ambas iconografías coexistieron, como ponen de evidencia los relieves de sarcófagos donde Prometeo modela el cuerpo de los hombres y Atenea-Minerva les entrega el alma encarnada sea por el insecto, o bien por una figura femenina (fig. 3; 4. Unidad 2.2):
La personificación romana del Sueño, Morfeo, también se representa con alas y portando una flor de adormidera. Con el triunfo del cristianismo estas convenciones iconográficas no llegaron a olvidarse: prueba de ello es la presencia de un homúnculo con alas de mariposa en la escena de la creación de Adán, el primer hombre, en la cúpula del Génesis de San Marcos (fig.5).
Por otra parte, en el arte religioso, tanto bizantino como occidental, es habitual la presencia de los querubines, pequeños niños alados que simbolizan la inocencia y, por extensión, las almas puras, de donde suelen acompañar a la Virgen María (fig. 6). No obstante, los denominados “putti”, “amorcillos”, “erotes” o “cupidos”, también son comparsas habituales en escenarios mitológicos, eróticos y dionisíacos. En determinados casos, por ejemplo, en la “Camara degli Sposi” de Mantegna, los infantes alados se han interpretado como los “genii” o “espíritus” tutelares de la familia del comitente, aquí los Gonzaga, siguiendo la tradición romana (fig. 7; Unidad 4.2).
La identificación neoplatónica de Psique con el alma que bajo el impulso de Eros aspira a la inmortalidad, adopta una novedosa plasmación místico-hermética en este lienzo de Dosso Dossi: Mercurio ordena a la Virtud que guarde silencio, para no interrumpir a Júpiter que, dejando en el suelo los rayos y truenos, ha empuñado paleta y pinceles para pintar mariposas, es decir, almas. Presumiblemente, pues, en esta alegoría mitológica subyace la reivindicación tanto del propio pintor como de su arte (fig. 8).
Es plausible pensar que las afinidades entre las nociones personificadas por Eros y Psique favorecieron su conversión en una pareja mitológica, lo cual podría haber tenido eco en la literatura y el arte griegos. De unos hipotéticos precedentes helenísticos derivarían los primeros testimonios sobre el tema, ya a principios de nuestra era: Psique, rodeada de amorcillos, en el jardín de Cupido (fig. 9), o besándose con un personaje alado, identificable con el dios (figs. 10; 11); un siglo más tarde, sus nupcias aparecen en decoraciones musivas (fig. 12).
Con todo, la versión más elaborada e influyente de los amores de Psique y Cupido es el extenso relato incorporado por el latino Apuleyo (ca. 125-ca.170) en sus Metamorfosis, obra también conocida como El asno de oro. La fábula da cumplida cuenta de las tribulaciones que padece una mortal, Psique, antes de que su relación con Cupido culmine en un matrimonio aprobado por los dioses. Varios motivos de la trama tienen correlatos en la tradición mitológica: por ejemplo, como en el caso de Andrómeda y Hesíone, un oráculo prescribe que Psique sea abandonada por sus padres para que la tome un monstruo, el cual resulta ser Cupido, a cuyo palacio es transportada por Céfiro y allí, el dios la visita por las noches, siempre a oscuras; como Heracles, antes de ser aceptada por los Inmortales, Psique ha de superar peligrosas pruebas, en su caso, impuestas por Venus, entre ellas, la entrada en el reino de los muertos (Unidad 5.1); Prosérpina le entrega un cofre que la joven, como Pandora, llevada por la curiosidad, abre pese a la prohibición de Venus y cae en un sueño eterno, semejante al de Endimión, del que la saca Cupido (Unidad 2.1; 2.2). La metáfora de la muerte como sueño, en fin, estaba personificada desde antiguo con la pareja de Hypnos y Thánatos. Los estudiosos de esta obra, por su parte, consideran que, a través de las peripecias de la protagonista, Apuleyo estaría refiriéndose, de manera velada, a la iniciación en los misterios de Isis.
En el Medievo, la fábula de Apuleyo fue alegada como ejemplo de que la desobediencia conlleva un castigo. A partir del Renacimiento gozó de gran popularidad, imponiéndose las lecturas neoplatónicas sobre el amor divino que conduce al alma a su reunión con Dios. Una de sus más famosas recreaciones pictóricas, los frescos de la logia de la Villa Farnesina, fue ejecutada por Rafael y varios de sus discípulos (fig. 13). Los episodios se suceden en las 10 pechinas de la bóveda, separadas por triángulos con amorcillos alados, que portan los atributos de distintos dioses (fig. 14). Los paneles centrales están ocupados por el consejo donde los dioses debaten sobre el matrimonio de Cupido y Psique, y el banquete nupcial.
Uno de los colaboradores de Rafael en la Farnesina, Giulio Romano, recreó los amores de Psique y Cupido en una de las grandes salas del Palazzo Te de Mantua: los episodios se distribuyen en los 8 casetones octogonales y los 4 hexágonos, que rodean el panel cuadrado central presidido por Júpiter, y, además, en las doce pechinas e igual número de lunetas que sostienen el artesonado. Los dos lados largos de la estancia están decorados con escenas del convite, donde figuran los dioses y la pareja protagonista recostada en el lecho.
Angelica Kauffmann dedicó un ciclo pictórico al relato de Apuleyo. A él pertenece el siguiente cuadro, donde Venus, celosa de la belleza de Psique, le ordena cumplir las pruebas, sumiendo a Cupido en la desolación.
Edward Burne-Jones, por su parte, trató el tema en numerosas ocasiones, inspirándose en la versión ofrecida por su amigo Willian Morris en el poema dedicado al mes de mayo de El Paraíso terrenal (The Earthly Paradise, 1868-1870). En los distintos planos de la siguiente imagen se ilustra la secuencia de Psique en los Infiernos recibiendo de Prosérpina el elixir de la Juventud, el sueño en que se sume al abrir el cofre y el momento en que la revive Cupido (Fig. 20).
Otros artistas plásticos focalizaron su interés en momentos concretos, por ejemplo, cuando Cupido abandona el lecho para evitar ser visto y reconocido por su amante (fig. 20), o el vuelo hasta el Olimpo, donde Psique será inmortalizada por Júpiter (fig. 21).
Quizá por imitación de modelos romanos, entre los artistas plásticos gozó de una predilección particular la escena del beso, una vez que Cupido despierta a Psique del sueño de la “muerte”. Entre las recreaciones más célebres del tópico están el cuadro de Gérard (fig. 22) y el grupo escultórico de Antonio Canova (fig. 23):
Respecto a la tradición literaria hispánica, el auto sacramental “Psiquis y Cupido” (1717) de Calderón presenta a la Psique como una alegoría de la fe cristiana. Entre los tratamientos del tema en la Edad contemporánea, destaca el poema de Rubén Darío “Divina Psiquis” (Cantos de vida y esperanza, 1905), compuesto en cuartetos alejandrinos. En las primeras estrofas el poeta invoca a Psiquis, es decir, a su propia alma, en los siguientes términos:
¡Divina Psiquis, dulce Mariposa invisible
que desde los abismos has venido a ser todo
lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible
forma la chispa sacra de la estatua de lodo!
Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra
y prisionera vives en mí de extraño dueño:
te reducen a esclava mis sentidos en guerra
y apenas vagas libre por el jardín del sueño.
Sabia de la Lujuria que sabe antiguas ciencias,
te sacudes a veces entre imposibles muros,
y más allá de todas las vulgares conciencias
exploras los recodos más terribles y oscuros.
Gerardo Diego, por su parte, plantea las interferencias entre el Amor y la Muerte, el núcleo simbólico de la historia, utilizando versos de arte menor (cuartetas) en el poema titulado “¿Otra vez Psique?” (Amazona, 1955):
Mariposa de mi huerta
fiel en agosto a su cita,
¿eres Psique redimuerta,
rediviva, rediescrita?
¿Qué me traes, qué me insinúas:
beso o muerte, amor o nada?
Real, simbólica, fluctúas,
mi contradicción alada.
En el ámbito musical, el relato de Apuleyo inspiró, entre otras obras, la tragedia lírica en cinco actos Psyché de Jean-Baptiste Lully (1678) y el poema sinfónico homónimo de César Franck (1888). Manuel de Falla compuso la partitura de Psyché, estrenada el año 1925 en Barcelona, sobre un texto de Georges Jean-Aubry, y ambientada en el Peinador de la Reina de la Alhambra. El poema de Jean-Aubry dice así:
Psyché! La lampe est morte; éveille-toi.
Le jour te considère avec des yeux noyés d'amour,
et le désir nouveau de te servir encore.
Le miroir, confident de ton visage en pleurs,
reflète, ce matin, lac pur parmi des fleurs,
un ciel laiteux ainsi qu'une éternelle aurore.
Midi s'approche et danse, ivre sur ses pieds d'or.
Tends-lui les bras, sèche tes pleurs; dans un essor
abandonne, Psyché, la langueur de ta couche.
L'oiseau chant au sommet de l'arbre; le soleil
sourit d'aise en voyant l'universel éveil,
et le Printemps s'étire, une rose à la bouche.
¡Psique, la lámpara se apagó, despiértate!
El día te observa con ojos henchidos de amor,
y el renovado deseo de servirte otra vez.
El espejo, confidente de tu rostro lacrimoso,
refleja, esta mañana, lago puro entre flores,
un cielo lechoso como una eterna aurora.
El Mediodía se acerca y danza, ebrio sobre sus pies de oro.
¡Tiéndele los brazos, seca tus lágrimas!
De un salto abandona, Psique, la languidez de tu lecho.
El pájaro canta en la copa del árbol; el sol
sonríe con alegría viendo el despertar universal,
y la Primavera se estira, con una rosa en la boca.(Trad. M. Alganza Roldán)