El poeta Hesíodo (s. VII a.C.) describió el progreso de la Humanidad mediante el mito de las Edades del Hombre (Trabajos y días 106-201), un relato con paralelos orientales, pero adaptado al imaginario griego clásico. Según el poeta, hubo 5 estirpes de humanos que se suceden unas a otras de mejor a peor, como los metales que le dan nombre: oro, plata, bronce y hierro, y entre las 2 últimas, se intercala la Edad de los Héroes. Esta idea de la degeneración de la Humanidad fue retomada, entre otros, por Platón en los diálogos Timeo (20d-26c) y Critias (113a-121c), donde se reelabora el tema de la sociedad ideal, gobernada por hombres y leyes justas en el mito de la Atlántida. También los órficos establecieron “edades” o ciclos en la Humanidad:
1) la Edad de Oro, creada por el dios demiúrgico Fanes;
2) la Edad de Plata, surgida en tiempos de Crono;
3) la Edad Titánica, tras la creación de los seres humanos a partir de las cenizas de los Titanes (cf. supra §1).
La sucesión negativa de los ciclos es similar y en el último estadio se encuentra la peor de las razas humanas, la actual, heredera del crimen (míasma) de los Titanes y, por ello, los seguidores de Orfeo deben llevar una vida justa, evitando los sacrificios y determinados alimentos para recuperar en la otra vida la comunión con la divinidad.
Imitando a Hesíodo, Ovidio (Metamorfosis, 1.89-150) adaptó el mito griego a la mentalidad romana, pues la mitología propiamente latina recurrió a la Edad de Oro bajo Saturno para fijar sus orígenes en el Lacio (véase Ovidio, Fastos, 1.227-254). En síntesis, tales son las características principales de las diferentes estirpes de humanos en las distintas edades:
Las diferencias entre ambas versiones son notables. Como señaló J.-P. Vernant (20014), en Hesíodo la decadencia en los metales es solo aparente, dado que las oposiciones reales en términos de justicia (díke) vs soberbia (hýbris) son oro vs plata, héroes vs bronce, quedando la de hierro dividida, a su vez, en época del poeta vs el futuro de la Humanidad. Ovidio, por su parte, centra su polarización en oro vs hierro, pasando de puntillas sobre el resto e, incluso, eliminando la Edad de los Héroes, categoría inexistente en el imaginario latino, pero añade una nueva raza, cruel y violenta también, surgida de la sangre de los Gigantes, como ya vimos que los órficos imaginaban el nacimiento de la Humanidad a partir de las cenizas de los Titanes (cf. supra §1). No obstante, Ovidio es el texto base para la transmisión del mito de las Edades del Hombre –directamente a partir de las Metamorfosis o indirectamente a través de la prosificación de las llamadas Narrationes Ovidianae atribuidas a Lactancio Plácido– y la Edad de Oro es la más evocada por los tintes utópico-paradisíacos que presenta (fig. 13).
En definitiva, las diferentes versiones del mito resaltan la decadencia de la Humanidad en contraste con la perfección de los Olímpicos, llegando a romperse la relación entre hombres y dioses por la crueldad innata de los humanos. Así, se cuenta que cuando todavía dioses y hombres compartían mesa y vivían en comunidad, Tántalo, hijo de Zeus y Pluto, padre de Níobe y Pélope, y antepasado de los Atridas, quiso comprobar la naturaleza de los dioses. Para ello mató a su hijo, lo cocinó y lo sirvió en un banquete con los dioses, terrible crimen que también cometerá Atreo, uno de sus descendientes (cuadro genealógico nº 9). Todos los dioses se abstuvieron de probar la carne humana, excepto Deméter, que se comió un hombro. Zeus reconstruyó el cuerpo del niño, supliendo el hombro devorado por uno de marfil –que se convertirá en una reliquia para la guerra de Troya (Módulo 6) – y castigó a Tántalo con hambre y sed eternas en el Hades, según aparece ya en la Odisea:
"Luego a Tántalo vi con sus arduos tormentos. Estaba hasta el mismo mentón sumergido en las aguas de un lago y penaba de sed, pero en vano saciarla quería: cada vez que a beber se agachaba con ansia ardorosa, absorbida escapábase el agua y en torno a sus piernas descubríase la tierra negruzca que un dios desecaba. Corpulentos frutales sus ramas tendíanle a la frente con espléndidos frutos, perales, granados, manzanos, bien cuajados olivos, higueras con higos sabrosos; mas apenas el viejo alargaba sus manos a ellos cuando un viento veloz los alzaba a las nubes sombrías."
Odisea (11.582-592)
Esta descripción ha inspirado infinidad de obras de arte que detallan, sobre todo, los efectos del hambre en el cuerpo de Tántalo (fig. 14 -15 - 16).
La comensalía entre dioses y hombres se mantiene, sin embargo, hasta el desencuentro entre Zeus y Prometeo (cf. infra §3), por lo que hay otros mitos que hacen referencia a ella. Así, Ovidio introduce en su relato una escena de comensalía perversa, esta vez ya en la Edad de Hierro: Júpiter baja a la tierra para comprobar las maldades del hombre y es hospedado por Licaón, quien mata a un rehén (o a Árcade, hijo de Zeus y Calisto, vid. Unidad 3.1) y lo sirve a la mesa. Júpiter se percata del infame engaño y castiga a Licaón convirtiéndolo en lobo (Metamorfosis 1.236-239)
Es la primera metamorfosis que aparece en el poema y sirve, precisamente, para castigar a la Humanidad, pues en el plan narrativo ovidiano el mito de Licaón da pie al célebre diluvio (cf. infra §4). Sea como sea, Ovidio establece una conexión entre Licaón, el lobo (gr. lýkos) y la licantropía que será muy fecunda en la posteridad a partir, también, de la versión novelesca de Petronio, Satiricón 61-62 (fig. 17). Prueba de la crueldad que impera en la última de las razas es que Astrea o Díke, personificación divina de la Justicia, abandona la tierra para siempre y ocupa un puesto entre los astros convertida en la constelación de Virgo (fig. 18).
Estos y otros mitos situados en los orígenes de la Humanidad sirven para narrar cómo los hombres, cada vez peores, se van distanciando de los dioses. Gracias, sin embargo, a Prometeo, se restablecerá la conexión con la divinidad a través del sacrificio, a la vez que se plantea la separación definitiva entre dioses y hombres.
"En pelaje se transforman sus vestidos, en patas sus brazos: se convierte en lobo y mantiene rastros de su antigua figura; el pelo cano es el mismo, la misma violencia de su semblante, sus ojos brillan igual, la imagen de fuerza es la misma."
Metamorfosis 1.236-239