Las «Palabras de justificación» que escribe García Lorca insisten en la misma dirección:
Ofrezco en este libro, todo ardor juvenil, y tortura, y ambición sin medida, la imagen exacta de mis días de adolescencia y juventud, esos días que enlazan el instante de hoy con mi misma infancia reciente… En las páginas desordenadas va el reflejo fiel de mi corazón y de mi espíritu… Sobre su incorrección, sobre su limitación segura, tendrá este libro la virtud, entre otras muchas que yo advierto, de recordarme en todo instante mi infancia apasionada correteando desnuda por las praderas de una vega sobre un fondo de serranía (1996, I: 59).
La cercanía de la infancia sirve para jugar con los recuerdos inmediatos, pero también para destacar las contradicciones y el dolor de lo perdido. La voz protagonista del libro se presenta como una realidad en crisis: «Este corazón mío / ¡Tan incierto!» (I, 116) o «Mi alma está madura / Hace ya mucho tiempo / Y se desmorona» (I, 125).
Incluso hay alusiones a los defectos físicos en estas confesiones negativas: «¿No fue por mi figura entristecida? / (¡Oh, mis torpes andares!)» (I, 96).
Esta conciencia de la realidad es la que se enfrenta con melancolía a la infancia perdida, al desnudo adánico e inocente que correteaba por la Vega. La imagen del manantial como origen puro, la aparición de canciones infantiles de corro y los elementos naturales de la vida feliz y fértil se contraponen al descubrimiento de los límites, el lado más negro de la vida. La divagación lírica tiende a centrarse así en las contradicciones de corazón, la fe religiosa cuestionada, la sexualidad difícil, el amor imposible, la angustia de la muerte, el paso del tiempo y la tristeza otoñal de las cosas que se van y no vuelven. La lucidez inevitable de la conciencia llena de niebla y de lluvia el deseo que apunta como el sol sobre los campos.
Se trata de un libro campesino en el mejor sentido de la palabra, porque la nostalgia como tono prioritario se funde en una cultura particular y heredada, donde se aspira por tradición a la armonía con la naturaleza y se funden los elementos pequeños (insectos, detalles de las acequias, cambios de color o de olor) con los panoramas infinitos de las noches estrelladas y las aspiraciones transcendentes. Aquí es posible el relato que viene de lejos, la leyenda en corro o al calor de la lumbre, el cuento bailado por los niños, la historia humana que se repite como un ciclo o como un estribillo. Además de las posibilidades que todo esto ofrece para recrear una memoria infantil, el poeta encuentra el escenario para otros recursos.
La melancolía del tiempo que pasa y del mundo perdido identifica un tono propicio al insistir en los ciclos que se cumplen por encima de las existencias limitadas. Los humanos van desapareciendo a cada vuelta del mundo. La narración mantiene la memoria de aquello que las horas deshacen. La elegía del poeta es la de la naturaleza. Hay armonía, apropiación simbólica constante «Y escribo tu elegía, / Que es la mía» (I, 146). Pero el fondo panteísta deja en una posición de debilidad a la mirada humana, porque en ella resulta imposible el deseo de regeneración después del otoño y del invierno mortal. Parece obligado aceptar lo irremediable:
Doña muerte, arrugada,
Pasea por sauzales
Con su absurdo cortejo
De ilusiones remotas.
(I, 149)
El tono irónico, le resta patetismo a la declaración, pero no importancia. Es absurdo el cortejo de ilusiones que arrastra la muerte, cuando la lucidez evidencia ya la condena a la desaparición. El humor aparece como un elemento que equilibra los puentes entre la inocencia y la lucidez, porque pone un pie en la alegría infantil y otro en la conciencia madura que ironiza y recorta las pasiones de la realidad. El joven poeta se acostumbra en este libro a tratar con humor los asuntos más graves, como una estrategia poética que mantiene, dentro del conflicto, los lazos con la inocencia perdida. «El viejo lagarto» puede tener aspiraciones románticas de poeta por haber estudiado en un libro de Lamartine, pero al mismo tiempo soporta una «gran papada / De arzobispo cristiano» (I, 132).
Si comparamos el Libro de poemas con los otros textos de aprendizaje, notamos un posible criterio de selección: la voluntad de suavizar el culturalismo y el taller biográfico a la hora de unir las referencias al contenido sentimental de cada composición. En el libro abundan todavía las figuras y los nombres prestigiosos, los personajes literarios, la mitología clásica y cristiana. Dominan los personajes que encarnan una rebeldía o ruptura sentimental con el mundo: don Quijote, Cyrano, Juana la Loca, Julieta, Eloísa, Cristo, Fausto… La cultura libresca sigue siendo un apoyo fundamental en el reto que asume el poeta al contar su propia intimidad. Pero en estas composiciones elegidas se advierte ya una destreza lírica que permite superar el simple desahogo biográfico adornado de erudición, en favor de una verdad lírica de valor estético. El recuerdo personal de las canciones infantiles se intensifica con los recursos del neopopularismo; los animales definen mejor su valor simbólico y la música adquiere una elaboración convincente.
Se trata de un estilo arromanzado, «Escuchad los romances / Del agua en las choperas» (I, 80), que busca la música suave de las asonancias y que madura en dirección al simbolismo de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, aunque mantiene en ocasiones la presencia de Rubén y la solemnidad de los versos largos:
La nostalgia terrible de la vida perdida,
El fatal sentimiento de haber nacido tarde,
O la ilusión inquieta de un mañana imposible
Con la inquietud cercana del dolor de la carne.
(I, 83)
En el tiempo discurrido entre 1919 y 1920, con su entrada en la Residencia de Estudiantes y su conocimiento de los ambientes literarios madrileños, van adquiriendo fuerza los recursos descubiertos. Después de su contacto inicial con Juan Ramón Jiménez, al que fue a visitar con una carta de presentación de Fernando de los Ríos, el joven poeta se acercó también a las nuevas corrientes como el ultraísmo, las metáforas creacionistas de Huidobro y las elaboraciones cerebrales del poema cubista. Empezaba a formar parte de un grupo de amigos que compartían intereses artísticos. En la Residencia, por ejemplo, conoció a Emilio Prados, al que definió en 1920 como «cazador de nubes» en la dedicatoria del poema «La balada del agua del mar». La amistad se unió con la complicidad estética y marcó relaciones fecundas con Luis Buñuel, Salvador Dalí, Rafael Alberti, Jorge Guillén o Pedro Salinas.
Uno de los motivos para publicar el Libro de poemas fue el deseo de cerrar una etapa después de descubrir junto a sus nuevos amigos otra poética, de la que pronto quedan huellas en su escritura. Ahora se intenta superar poco a poco el modernismo e incluso la tradición romántica. De ahí que vayan extendiéndose los versos de carácter conceptual, aseverativo, que ponen en juego las elaboraciones de la inteligencia: «El diamante de una estrella / Ha rayado el hondo cielo» (I; 95); «El presentimiento / Es la sonda del alma» (I, 100) o «Blanca tortuga / Luna dormida» (I, 101).
Da sus frutos de forma paulatina el trabajo de concisión que anunciaba en su carta Juan Ramón Jiménez: concepto frente a divagación sentimental. En los poemas escritos en 1920 puede percibirse un cuestionamiento de la escritura, problematizada ahora con nuevos retos desde el punto de vista estilístico.
Una de las composiciones de El Libro de poemas se titula precisamente «Encrucijada» y plantea los diversos caminos que se abren al tener manchado de tinta el cerebro o el corazón:
¡Oh, qué dolor el tener
Versos en la lejanía
De la pasión, y el cerebro
Todo manchado de tinta!
¡Oh, qué dolor no tener
La fantástica camisa
Del hombre feliz: la piel
-Alfombra de sol- curtida!
(I, 137)
El nuevo racionalismo poética tendrá, como la pintura cubista, una afirmación alegre y segura, propia de un control sobre el mundo que parece estar muy lejos de la pasión romántica de la que viene García Lorca. ¿De dónde debe surgir la tinta de la escritura? ¿Del corazón o del cerebro? Esa era la pregunta que estaba obligado a contestarse. Que el joven poeta y lector era consciente de esta encrucijada queda claro en la forma de justificar su libro y en sus confesiones a los amigos, sobre todo a Adolfo Salazar que había reseñado la publicación en El Sol para alegría del poeta y de su familia. En una carta fechada el 2 de agosto de 1921, García Lorca agradece los elogios públicos y la complicidad privada al señalarle algunos defectos:
Estoy en absoluto conforme contigo en las cosas que me echas en cara de mi libro. ¡Hay muchas más!... pero eso lo vi yo antes…lo que es malo salta a la vista. ..En mi libro yo no me encuentro, estoy perdido por los campos terribles del ensayo, llevando mi corazón lleno de ternura y sencillez por la vereda declamatoria, por la vereda humorística, por la vereda indecisa, hasta que al fin creo haber encontrado un caminito inefable lleno de margaritas y lagartijas multicolores (III, 716).
Se trataba, pues, de cerrar una época. Las soluciones buscadas por el poeta significarán el inicio de su voz madura y de su mundo más personal y reconocible.