Talismanes, amuletos e imágenes de dioses: entre la religión y la magia
Desde la segunda mitad del XIX los estudiosos de las religiones han intentado establecer las fronteras entre las creencias y prácticas religiosas y las mágicas. Según Frazer, la magia pertenece a un estadio de la evolución social anterior a la religión y su objetivo, más que comunicar con la divinidad, es intentar manipularla; Mauss, por su parte, arguyó que la religión tiene un carácter público y solemne, mientras que la magia se practica en ceremonias privadas y secretas; Malinowsky, en fin, señala que no existen fronteras claras entre ambas, ya que aunque las prácticas mágicas se celebren en privado, responden a creencias colectivas en su eficacia y, a la inversa, manifestaciones religiosas como la plegaria, en ocasiones, apenas se diferencian de los conjuros (Unidad 1.1).
La naturaleza y la función de los talismanes y los amuletos permite explorar tanto las diferencias como los puntos de contacto de la magia y la religión en la Antigüedad grecorromana, si bien se los podría considerar como las dos caras de una misma moneda. De hecho, como en otras lenguas, los términos para designar este tipo de objetos en griego antiguo (“télesma” y “phylaktérion”) son intercambiables. En los estudios especializados se suele atribuir a los amuletos una función “apotropaica”, de defensa frente a lo nefasto (enfermedades, envidia, mal de ojo, etc.), mientras que los talismanes tendrían un poder activo, capaz de atraer lo beneficioso y rechazar los peligros. Por otra parte, en su acepción técnica, el talismán comparte el carácter social y el uso institucionalizado de los objetos religiosos, frente al efecto individual característico de los mágicos.
Ello explica que, para ejercer su acción benéfica, el talismán deba estar ubicado en un espacio, con frecuencia, sagrado, custodiado y, en ocasiones, vedado a cualquier contacto, incluso visual. Así ocurre en las religiones griega y romana con las imágenes de culto (“eikones”). En la Grecia se las denominaba “xóana” porque solían estar talladas en madera y, más allá de la identificación mimética con la figura del dios y sus atributos, se consideraban simulacros que contenían su fuerza. Entre los “xóana” gozaban de una devoción especial las más antiguas, sobre todo si la tradición recogida en los mitos les atribuía un origen celestial. Tal sería el caso del Paladio, la estatua de Palas Atenea o de Palas, la compañera de la diosa, la cual, según la versión transmitida por Apolodoro (Biblioteca, 3. 12, 3), cayó del cielo en la colina donde se fundó Ilión, llegando a ser el talismán (“phylaktérion”) que salvaguardaba a la ciudad de Troya, y, más tarde, a Roma (Unidad 3.2; 4.2; 6.1).
También eran “xóana” las imágenes más venerables de las divinidades “políadas”, es decir, las patronas de las ciudades, que las hospedaban en templos a fin de asegurarse su permanencia en el territorio y con ella, la prosperidad, la perpetuación de los linajes y el mantenimiento de la independencia y la soberanía. Así lo expresó el legislador Solón en su poema sobre el buen gobierno (Eunomía, 2): “Nuestra ciudad nunca perecerá por un designio de Zeus ni por la voluntad de los dioses inmortales; pues una guardiana magnánima, de padre todopoderoso, Palas Atenea, desde lo alto mantiene sus manos sobre ella”.
La tutela de Palas Atenea, en efecto, emanaba desde la celestial morada de los dioses, pero también de una altura más mundana, su templo en la Acrópolis, donde residía el “Paladio” de Atenas, un “xóanon” de madera, al que se ofrecían los sacrificios públicos. Cada año, esta antigua imagen era purificada del contacto humano con un baño ritual, tras lo cual recibía el “peplos”, un manto nuevo, ceremonia representada en el friso interior del Partenón y que significaba el punto culminante de la gran fiesta de las Panateneas. La estatua crisoelefantina de Fidias, en cuanto fabricada por manos humanas, tenía la consideración de ofrenda (“agalma”) y no era objeto de culto. Sin embargo, no carecía de cierto poder: estaba consagrada por su mero contacto con el templo y por ser objeto, como el resto de las estatuas de los dioses, de rituales no precisados en las fuentes antiguas debido, quizá, a tabúes religiosos. Ello explica su reproducción en gemas y joyas, las cuales, además de adornos y signos de estatus, valían como amuletos protectores (figs. 2-3- 4).
Figs. 3-4. Pendiente y broche con el rostro de la Atenea “Parthenos” (s. IV a.C.), Museo Hermitage, San Petersburgo
En realidad, la principal diferencia del amuleto respecto al talismán es que la transferencia de la protección divina al individuo implica el contacto con el cuerpo. Así, “periamma” (“nudo”, “ligadura”) es una de las palabras usadas en griego para nombrar a los amuletos, debido a que, en general, se llevaban atados con cintas o cordones en las piernas, los brazos y el cuello, a la vista u ocultos bajo la ropa (figs. 5 y 6).
Fig. 6. Retrato al encausto de un niño, momia de Al-Fayum (150-200), Paul Getty Museum, Malibu
En Roma, la “bula” (lat. bulla) era el amuleto que portaban los niños varones desde el noveno día de su nacimiento hasta los 14 años, cuando tomaban la toga viril, para protegerlos de enfermedades y hechizos (fig. 7). En un principio, era exclusiva de la clase senatorial, pero se fue extendiendo al resto de la población, de manera que el material con que estaba hecho –oro, plata, bronce o cerámica- reflejaba la clase social del menor. En el interior de la bula se introducían objetos para reforzar su poder profiláctico, entre ellos, el más popular de los remedios contra el “mal de ojo”: el “fascinum”, la representación del falo (fig. 8). Este amuleto masculino se llevaba suspendido con una anilla del cuello, y solía ser de bronce. El amuleto femenino, la “lunula”, tenía la forma de media luna creciente: se colocaba a las niñas a los ocho días de nacer y se llevaba como collar o broche en el vestido (fig. 9).
Fig. 8. “Fascinum” fálico (s. I d.C.), Museo Archaeologico Nazionales, Nápoles.
Fig. 9. Retrato al encausto en la momia de una mujer, de Al-Fayum (55-70), British Museum, Londres
No obstante, aunque la eficacia del amuleto depende de la confianza del usuario en sus efectos, esta reposa al valor acordado por la cultura grecorromana a la fuerza intrínseca (“dynamis”) tanto de los seres vivos (animales, plantas, personas) y de sus partes (piel, cabellos, ojos, órganos, fluidos, etc.), como de los objetos inanimados, en particular, los minerales y las piedras duras o gemas. Su clasificación y codificación fue una tarea a la que en la Antigüedad se aplicaron, entre otros, Aristóteles, Teofrasto, Eliano y Plinio el Viejo, y, en su vertiente terapéutica, Galeno y Dioscórides. Así pues, la virtud del amuleto residía no solo en su entidad material, sino también en su conversión en un objeto cultural mediante su manipulación física y simbólica, adicionando figuras, signos y fórmulas de consagración o encantamiento. Estas prácticas, a no estar sujetos a prohibiciones como ocurría con las consagraciones de templos y estatuas, nos son mejor conocidas gracias a tratados como los Lapidarios órficos y el Ciránides atribuido a Hermes Trimegistos, y a los conjuros transmitidos por los papiros mágicos greco-egipcios.
En el imaginario de los amuletos grecorromanos predominan las imágenes de dioses y monstruos. Entre los últimos destacan aquellos que por su naturaleza híbridas se consideraban mediadores entre las esferas humana y sobrenatural, y guardianes de sus fronteras (esfinges, grifos, sirenas, centauros…). Con todo, la criatura apotropaica por excelencia en Grecia y Roma era el “gorgoneo”, la cabeza de la Gorgona, usado como talismán “profiláctico” en las acróteras de los templos y como amuleto “de contacto” en escudos, piezas de vajilla y, sobre todo, en anillos, pendientes, diademas, etc. (figs. 10-12. Unidad 1.2).
Figs. 11-12. Ariballos con gorgoneon (600-575 a.C.) y pendiente con gorgoneo (ca. 450 a.C.), Metropolitan Museum, Nueva York
Este amuleto se consideraba particularmente eficaz cuando la imagen del monstruo se tallaba en la piedra coral (fig. 13), como el siguiente extracto de un lapidario atribuido a Orfeo:
|
Orphica, Lithica kerygmata, 20: “Piedra coral. Dicen que esta es la más útil y la más protectora, en especial contra las serpientes y las picaduras de serpiente (…) Si en las guerras y batallas la llevas en la mano, será un amuleto invencible y efectivo, impactante y quitamiedos (…) Esta piedra es llamada por algunos también “gorgonia”, porque en ella se entalla la Gorgona y la montan en oro y plata. Consagrada es un gran amuleto (…) en los viajes contra los ataques de rufianes y los reptiles, puesto que es la piedra de Hermes (…) Además, es un buenísimo amuleto contra la cólera del poderoso, si se entalla en ella el signo de Hécate o la cabeza de la Gorgona. El que la lleva ya no puede ser sometido por brebajes ni golpeado por un rayo o un astro o por un genio maligno”. |
Otra imagen frecuente en la glíptica es la de Heracles-Hércules, el “espanta males” (“alexἰkakos”) por excelencia, en cuanto vencedor de toda suerte de monstruos, bandidos y rufianes (fig. 14. Unidad 5.2).
En cuanto a los dioses, desde finales de la época arcaica hay testimonios de su representación en los sellos de anillo y otras joyas, siendo inmediatamente reconocibles por sus atributos iconográficos, y su protección estaba en consonancia con las áreas de poder que les estaban reconocidas en la esfera religiosa y que expresaban los mitos (fig. 15-17).
Fig. 16. Busto de Ártemis, red para el cabello en oro (s. III-II a.C.), Ethniko Archaiologico Mouseion, Atenas.
Fig. 17. Apolo citaredo, escarabeo estrusco en jaspe rojo (s. IV a.C.), Paul Getty Museum, Malibu
Así, contra los peligros que acechaban a los navegantes, se fabricaban amuletos con gemas cuyo color evocaba el del mar - cristal, topacio, berilo-, en las que se grababan figuras de monstruos y deidades marinas como Escila, las sirenas, nereidas, tritones y, en particular, la del soberano Poseidón. Véanse, por ejemplo, las instrucciones para un amuleto con la imagen del dios:
|
Orphica, Lithica kerygmata, 27. “Piedra aguamarina. En esta piedra pura se entalla un Poseidón con delfín en el pie derecho y tridente en la mano izquierda. Una vez consagrado justo así, se tiene que llevar en el dedo y produce los mismos efectos que la esmeralda. Pero, además, protege del mareo a quienes viajan por los mares”. |
A partir de la época helenística, también se hacen presentes en los amuletos otras divinidades menores como Nice, la Victoria alada, los integrantes de los cortejos báquicos (ménades, sátiros y silenos), o Némesis, personificación de la Venganza divina. Así se describe la piedra asociada con esta diosa, el entalle y su poder en un tratado de magia hermética:
|
Ciránides 1.13, 16-28: “Nemesites es una piedra cogida del altar de Némesis. Se graba, pues, sobre la piedra a Némesis de pie, pisando sobre una rueda; su figura es una doncella, que sujeta con la mano izquierda una vara de medir y con la derecha, un bastón (…). En verdad, si este anillo se acerca a un poseído, el demonio se descubrirá y huirá (…), y llevando este anillo, se revela la duración del tiempo de vida y el tipo de muerte y su lugar”. |
En época imperial son frecuentes las deidades del panteón sincrético greco-egipcio, en especial, aquellas relacionadas con el ocultismo y la magia: Hermes, con su iconografía tradicional portando el caduceo o bien como el Trimegistos asimilado a Thot, (fig. 20), Isis, en sus diferentes sincretismos, a veces acompañada de su hijo Harpócrates-Sarapis (fig. 21), y Hécate (fig. 22).
Fig. 21. Isis-Fortuna y Horus-Harpócrates, entalle romano en jaspe rojo, Museo Correr, Venecia.
Fig. 22. Obsidiana con Hécate, joven con cuerno de la abundancia y dragón rayado (s. III), British Museum, Londres
Sobre la importancia en época imperial de Hermes-Mercurio, el dios de los viajeros, los ladrones, los oradores y los magos, resulta revelador el parlamento del personaje llamado Timolao de un diálogo de Luciano (La nave o los deseos, 42-43):
“Yo quiero que Hermes me conceda algunos anillos con estos poderes: uno para siempre estar fuerte y sano de cuerpo, ser invulnerable y sin dolencias; otro para que no ser visto cuando lo lleve, otro para ser más fuerte que mil hombres (…) ; deseo echar a volar muy alto desde la tierra y para eso necesito otro anillo; quiero hacer dormir a cuantos desee y que cualquier puerta cuando me acerque, se me abra y se descorra el cerrojo, y para esto con un solo anillo bastará. Y otro, el más importante y agradable de todos, uno que me haga ser amado por bellos muchachos, por mujeres y por pueblos enteros…”
Respecto Hécate, la diosa-maga por antonomasia, en el siguiente papiro se precisan no solo el material y la iconografía de su amuleto, sino también el ritual para consagrarlo:
|
PM 20, 2878-2890: “Toma una piedra de siderita y quede grabada en ella la imagen de Hécate de tres rostros; el rostro de en medio sea el de una doncella cornígera; el izquierdo, de un perro, y el de la derecha represente el de una cabra. Una vez hecho, lávalo con natrón y agua, y mójalo con la sangre de uno muerto violentamente. Luego, acercándote a él, pronuncia la fórmula conocida para la consagración”. |
Con todo, la divinidad más representada es Afrodita-Venus, sea en solitario o acompañada de Eros-Cupido, hecho que se explica por su papel de diosa protectora del intercambio amoroso y de la fecundidad. He aquí las instrucciones para un amuleto tallado en piedra magnetita:
|
Orphica, Lithica kerygmata 11. “Si la lleva una mujer, enamorará a aquel que desee. Grabad en la piedra a Afrodita asiendo con la mano izquierda a un hombre por el borde de la túnica y mostrando una manzana en la mano derecha. Esta piedra produce mucha concordia entre maridos y mujeres, entre hermanos y amigos; además, vuelve a los que la llevan encantadores y persuasivos, y los hace sociables”. |
Algunos papiros mágicos dan testimonio de la estrecha relación entre las creencias y prácticas mágicas y la astrología. Así ocurre en el siguiente hechizo, dirigido a la diosa identificada con su astro:
|
PM 21, 2892-2900. “Sahumerio a la estrella de Afrodita: sangre y grasa de una paloma blanca; amasa todo ello y haz unas píldoras que ardan ante la estrella poniéndolas sobre leña de vides o sobre carbones. Ten también unos sesos de buitre para coaccionar en el momento de hacer la ofrenda; además, ten un amuleto con los dientes superiores del lado derecho de una quijada de asno hembra o un becerro pelirrojo inmolado a los dioses, y tenlo atado al hombro izquierdo con un cordón de Anubis”. |
Otro papiro explica cómo fabricar un amuleto capaz de controlar el poderoso influjo de la Osa Mayor:
PM 11, 1333-144: “El poder de la Osa Mayor que es eficaz para todo. Toma grasa de un asno negro y grasa de una cabra moteada, grasa de un toro negro y comino de Etiopía; mézclalo todo y quémalo en honor de la Osa Mayor, teniendo por amuleto los pelos de esos mismos animales, tejiendo un cordón que llevarás en la cabeza como una diadema”.
Y este da la receta para protegerse de los peligros - en particular las caídas- causados por la Luna:
|
PM 20, 2695-2706: “El amuleto que debes llevar. Escribe sobre corteza de tilo, con bermellón, este nombre ‘epokopto baï baikarakopto karakopto yilokopto bai (50 letras), guárdame de todo, de todo demón aéreo, terreno y subterráneo, y de todo ángel y espectro y visita de fantasma de encantamiento, a mí, fulano’. Y, envolviéndolo en un pergamino purpúreo, llévalo colgado al cuello”. |
El tratado de Damigerón-Évax, escrito en latín en época de Tiberio (s. I d.C.) pero basado en fuentes greco-egipcias, ha transmitido dos lapidarios astrológicos. El primero relaciona siete piedras con los signos zodiacales y da instrucciones sobre qué figuras grabar en ellas para que sus portadores gocen de la protección divina. En casi todos los casos, tanto el nombre de la piedra, tomado del griego, como la iconografía se corresponde con características atribuidas al dios-planeta tutelar, en este orden: Sol, Luna, Marte, Júpiter, Venus, Mercurio y Saturno (Unidad 4.2).
| Piedra | Signo | Entalle |
| Crisolita (“dorada”) | Leo | Rayos del Sol |
| Afroselenita (“espuma lunar”) | Cáncer | Isis-Luna con forma de vaca |
| Hematita (“de sangre”) | Aries | [laguna en el texto] |
| Ceraunita (“del rayo”) | Sagitario | Cabra (¿Amaltea?) |
| Meda | Tauro | Venus |
| Arábica | Virgo | Cinoscéfalo |
| Ostracita | Capricornio | Hombre con cabeza de cocodrilo |
El segundo lapidario no solo concuerda piedras y planetas, sino que también introduce modificaciones iconográficas en el amuleto según la clase social de su portador. Así, por ejemplo, en la crisolita (“la piedra dorada”) - en este texto tutelada por la Luna- la diosa se representará sentada, si es un hombre libre, en forma de vaca, si es liberto y como los cuernos de la luna, en el caso de los siervos; en la piedra “herbosa” o “clorita” de Júpiter, se tallará el dios sobre un águila o un águila posada sobre un río, o un águila sujetando una corona con sus garras, dependiendo de que vaya a ser usada por un individuo libre, liberto o esclavo.
La tradición griega sobre las virtudes de las piedras y su relación con la astronomía fue tomada y reelaborada por los árabes, y, a través de ellos, regresó a Occidente en el siglo XIII cuando, bajo el patrocinio del rey Alfonso X de Castilla, eruditos musulmanes, cristianos y judíos tradujeron y compilaron el Lapidario y Libro de las formas e imágenes que son en los cielos. Así son descritos los efectos afrodisíacos del coral:
“Aun a otra vertud el coral por la fuerça de Venus, que qui la troxiere consigo seyend esta planeta en su hora e en su ascendente e en la primera faz de Tauro será amado de toda cosa quel vea. Pero esto se muestra más manifiestamiente decendiendo sobr’esta piedra la vertud de figura de mugier con sus cabellos sueltos e cabellera sobre un ciervo”.
NOTA: las citas de papiros mágicos (PM) se corresponden con la traducción de J. L. Calvo Martínez y M. D. Sánchez Romero (Textos de magia en papiros griegos, Madrid, Gredos, 1987). Los demás textos se ofrecen en traducción propia.