La degradación del suelo es un proceso muy complejo, asociado a causas muy diversas y con consecuencias y efectos muy diferentes en función de las condiciones locales y el clima. Esta degradación necesita ser monitorizada de forma constante, por lo que es fundamental el seguimiento y la aplicación de sistemas de evaluación de la degradación que nos avisen de la incidencia y velocidad de estos procesos. En este sentido, los principales organismos internacionales dedicados al medio ambiente se han venido preocupando de este grave problema y han desarrollado una serie de directrices de uso recomendado para las distintas naciones. En esta línea, FAO - UNESCO - PNUMA (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación - Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura - Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) han desarrollado metodologías para la evaluación de la degradación de los suelos de aplicación a todo el mundo y realizan seguimientos e informes periódicos.
Los principios fundamentales para evaluar la degradación del suelo se basan, en primer lugar, en que los factores formadores más activos (clima, relieve y organismos) “atacan” a los suelos, al tiempo que éstos poseen una resistencia natural frente a las fuerzas degradantes que los mantiene en equilibrio dentro de su evolución normal, sin embargo, esta estabilidad es fuertemente modificada por la acción humana (es decir, hay que saber distinguir entre la influencia de los factores naturales y los antrópicos). En segundo lugar, se entiende que la formación del suelo es un proceso dinámico, en continua evolución, por lo que las metodologías y los indicadores utilizados para evaluar el estado de degradación de un suelo deben ser distintas en función de que el suelo se encuentre bien conservado, pero que se esté degradando con rapidez, o de que el suelo ya esté muy degradado pero en el que la velocidad del deterioro sea ya muy pequeña (es decir, no es lo mismo una degradación moderada en un suelo con buenas propiedades que en un suelo fuertemente degradado). En tercer lugar, se debe considerar que la evaluación de los riesgos alcanza su máxima utilidad cuando se eliminan todos los factores relativamente inestables o no permanentes (como puede ser la vegetación o el uso actual), ya que éstos pueden cambiar de forma rápida en un momento determinado, por lo que la evaluación realizada siguiendo estas premisas adquieren un carácter mucho más permanente y no se vuelven obsoletas por un simple cambio de uso del suelo.
Para realizar una evaluación de la degradación de los suelos existen dos enfoques principales, por un lado, se puede realizar teniendo en cuenta las propiedades y constituyentes del suelo en un momento dado, y por otro, se puede realizar una estimación de la evolución de esa degradación a lo largo del tiempo. En este sentido, podemos evaluar el estado actual del suelo, con lo que obtendremos una valoración del estado de degradación (o de salud) en se encuentra el suelo en el momento en que realizamos el estudio, al tiempo que realizamos una medida de la degradación que ha soportado y está soportando el suelo hasta el momento presente. Este tipo de evaluación es imprescindible para planificar la tolerancia de un suelo a la previsible degradación futura. Además, en esta evaluación debemos considerar la intensidad de la degradación actual, ya que esta degradación se expresa como una velocidad anual, es decir, con una intensidad del proceso en el momento presente y no como el daño acumulado desde el pasado hasta la actualidad. La información referente a la degradación actual debe complementarse con la información relativa al estado actual del suelo (indicadores de calidad), con el fin de poder determinar cuánta degradación puede soportar el suelo.
Por otro lado, podemos calcular el riesgo de degradación, entendido éste como la probabilidad potencial de que ocurra una degradación en el futuro a partir de ciertas condiciones adversas definidas. Para el cálculo de este riesgo se consideran sólo factores estables (o por lo menos relativamente estables) como el clima, las propiedades del suelo y el relieve. La vegetación, uso y explotación actual de la tierra no se tienen en cuenta para que la evaluación no se quede automáticamente anticuada por un cambio del uso de la tierra. En este sentido, para el cálculo del riesgo se maneja un valor estándar adverso que sería la eliminación de la vegetación natural y el abandono del suelo en barbecho desnudo continuo. Esta evaluación marcaría la tendencia general de los suelos a la degradación, por lo que se podría evaluar el comportamiento del suelo si se le somete a una pésima explotación. Partiendo de la evaluación de los riesgos se puede predecir la degradación que soportará un determinado suelo al someterlo a diferentes usos, al ir sustituyendo el valor estándar (suelo desnudo) por los correspondientes a los diferentes usos que se pretendan evaluar. En resumen, la evaluación basada sobre factores permanentes se denomina evaluación de los riesgos de degradación de un suelo y es independiente del uso actual que esté soportando ese suelo. Cuando se consideran los factores inestables actualmente presentes en el suelo a estudiar, se obtiene una evaluación de la degradación actual.
Para evaluar cada tipo de proceso de degradación se emplea una determinada propiedad del suelo, para lo que se utilizan una serie de indicadores de degradación. Estos indicadores se suelen agrupar en función de las propiedades que se pretenden evaluar, ya sean propiedades físicas, químicas o biológicas. Entre los requisitos más importantes a la hora de aplicar estos indicadores hay que considerar que sean sencillos, accesibles y de fácil aplicación en condiciones de campo. Así, para evaluar la degradación de las propiedades físicas, se suele emplear la variación anual de los siguientes indicadores:
- El aumento de la densidad aparente del suelo.
- Disminución de la permeabilidad o capacidad e infiltración de agua.
La degradación química de la fertilidad suele ser evaluada por la variación anual de los siguientes indicadores:
a) Acidificación
A partir de la cuantificación de la disminución de la saturación en bases del complejo de cambio del suelo.
b) Salinización
A partir del aumento de la conductividad eléctrica en la solución del suelo (medida en extracto de saturación)
c) Sodificación
A partir del aumento del sodio cambiable presente en el complejo de cambio
d) Toxicidad
A partir del aumento de concentración de elementos potencialmente tóxicos en el suelo
Finalmente, para evaluar la degradación de las propiedades biológicas del suelo se suele utilizar la variación anual de los siguientes indicadores:
I.
Disminución en el contenido total en materia orgánica del suelo.
II.
Reducción en el número de lombrices por unidad de superficie de suelo.
En determinadas situaciones puede ser conveniente realizar una primera valoración semicualitativa sobre el grado de degradación del suelo a partir de una adaptación de los indicadores más habituales (Figura 4). En el caso de zonas rurales o en países en vías de desarrollo, este tipo de valoración es muy útil para una evaluación preliminar de estos territorios.

Figura 4. Ejemplo de una hoja de evaluación del grado de degradación del suelo para una valoración semicuantitativa [6].
Uno de los indicadores más fáciles de utilizar, aunque sólo sea de forma cualitativa, es el color de los suelos. Si observamos nuestros campos, especialmente los terrenos agrícolas, observamos que predominan los colores claros o rojizos (propios de los horizontes subsuperficiales del suelo), mientras que los colores negros (típicos de los horizontes superficiales ricos en materia orgánica) son prácticamente inexistentes. Este horizonte superficial de color negro, rico en materia orgánica, es el horizonte fértil del suelo y podemos decir que ha desaparecido de nuestros suelos. Los cambios de coloración sólo pueden ser atribuibles a una degradación del suelo, que ha perdido su materia orgánica. La pérdida de materia orgánica se produce por varias causas: bien por agotamiento (no reposición al extraer las cosechas), por mineralización (al eliminar la cobertera vegetal aumenta la temperatura del suelo y prevalece la mineralización frente a la humificación) o por erosión (pérdida de la capa superficial del suelo). Generalmente estas causas actúan de forma progresiva: el suelo pierde la materia orgánica, por lo que se vuelve muy susceptible a la erosión, que actúa de forma recurrente hasta que, en casos extremos, llega a destruir completamente al suelo.