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6. Grecia

Infografía creada con IA para fines educativos. (CC BY-NC-ND)

Grecia se ubica en el sector oriental de la cuenca mediterránea. La mayor parte de su territorio continental es montañoso y cubre aproximadamente el 80% del país. Las cuencas fluviales son generalmente de reducida o mediana extensión, y se caracterizan por suelos poco profundos (Kourgialas, 2021). Los ríos de mayor longitud son aquellos que se originan en la península balcánica y fluyen hacia el mar Egeo. Las fuentes son numerosas y se ubican tanto en áreas montañosas como en llanuras, y se emplean para abastecer a la población y el regadío.

El clima comprende diversos subtipos mediterráneos debido a la influencia del relieve, de modo que varían desde el tipo cálido y seco hasta el alpino. La precipitación anual oscila desde los 400 mm en Atenas y las islas Cícladas hasta más de 1.500 mm en las áreas montañosas (Karamanos et al., 2007). En general, el verano es seco y caluroso, y las precipitaciones se distribuyen de manera irregular, con una concentración en otoño e invierno.

Estas limitaciones climáticas, junto con la escasez de recursos hídricos y ríos de entidad, han impulsado desde la antigüedad el desarrollo de diversas técnicas para aprovechar los exiguos recursos hídricos disponibles. Así, la irrigación tradicional en Grecia ha sabido adaptarse a estos desafíos geográficos y climáticos, mediante el uso de diversas prácticas agrarias que han sido implementadas y perfeccionadas a lo largo de los siglos.

A diferencia de otras civilizaciones antiguas que florecieron en extensos valles fluviales, donde el agua disponible era abundante, como en Mesopotamia, cerca de los ríos Tigris y Éufrates, o en Egipto en el Nilo. Las ciudades griegas de mayor entidad se establecieron en lugares con escasez de agua y de clima más seco. Los antiguos griegos consideraban estos ámbitos más convenientes y saludables. Por tanto, la tecnología de almacenamiento de agua de lluvia y de escorrentía superficial ha sido tradicionalmente avanzada, así como su transporte por acueductos (Angelakis et al., 2020a). Además, con objeto de mitigar los efectos de la irregularidad pluviométrica durante los periodos de riego, en la antigua Grecia se implementaron medios que hacían productivas las áreas agrícolas y las protegían de las inundaciones (Koutsoyiannis y Angelakis, 2007).

La civilización Minoica fue una de las primeras que se enfocó en la irrigación. Según Marinatos (1927, citado en Koutsoyiannis y Angelakis, 2007), numerosos cultivos agrícolas de la actualidad, como hortalizas, cereales, aceitunas, uvas y plantas aromáticas, eran cultivados en este periodo. La expansión de la agricultura en Creta y otras islas del sureste de Grecia fue necesaria para sustentar a una población en rápido crecimiento, de modo que la agricultura desempeñó un papel crucial en el desarrollo de la gestión del agua. Se aplicaron técnicas sofisticadas para aumentar la cantidad de alimentos producidos y asegurar su calidad mediante la introducción de nuevas especies vegetales y la agricultura en terrazas (Moody y Grove, 1990).

Las terrazas de cultivo conforman actualmente una característica prominente del paisaje agrícola de Grecia. Se trata del principal sistema de cultivo tradicional que sostiene la producción primaria en las islas del Egeo. En algunas áreas, este elemento del patrimonio paisajístico tradicional muestra un destacado grado de conservación, como sucede en la isla de Andros. No obstante, la mayoría de las terrazas insulares del país están abandonadas en la actualidad y han perdido su función de producción agrícola (Sakellariou et al., 2021).

En el periodo Neopalacial, la práctica de la irrigación y el drenaje de tierras agrícolas se volvió de suma importancia. Los sistemas de riego más conocidos de esa época son los denominados linies (línea = línea recta), identificados en la meseta de Lasithi en el este de Creta (Angelakis y Spyridakis, 1996), donde numerosos canales de drenaje e irrigación cruzaban los olivares. Durante los periodos Arcaico y Clásico, los agricultores griegos implementaron proyectos para gestionar el agua (Prieto, 2005, citado en Krasilnikoff, 2010). No obstante, la mayoría de los hallazgos de obras hidráulicas en la Grecia Clásica están más relacionados con el uso urbano del agua que el agrícola (Angelakis y Koutsoyiannis, 2007). Así, el interés por el regadío fue limitado y estaba focalizado en el cultivo de jardines o kepoi (kepos en singular) (Oleson, 2000).

El kepos se desarrolló desde la Edad Arcaica como un lugar cultivado y confinado donde se practicaba la irrigación “a pequeña escala” (Krasilnikoff, 2010). En el periodo Clásico emergieron paisajes regulares de kepoi (Bowe, 2011). Este espacio se configura como el principal ámbito irrigado en la antigüedad griega (Osborne, 1992). El kepos contenía una mayor diversidad de cultivos que el concepto moderno de huerto e incluía hierbas culinarias, árboles o flores. También tenía fines ornamentales y se ubicaba cerca de áreas residenciales y en paisajes rurales. Los pozos y cisternas se asocian frecuentemente con el riego de estos jardines (Lohmann, 1992). Por el contrario, los proyectos de riego “a gran escala” en Grecia fueron escasos y específicos, derivados de factores como la topografía, el clima o necesidades sociales.

Se ha documentado la existencia de qanats del periodo clásico en Grecia, aunque su construcción data principalmente del periodo otomano. El de mayor longitud, incluyendo túnel y conducto de transferencia, es el de Chortiatis, en Tesalónica, con 20 km y un caudal de agua de 80 m³/h (Angelakis et al., 2020b). Igualmente, destacan los pozos utilizados para la extracción de agua subterránea (Evelpidis, 1963). En el sur del país, la perforación y el desarrollo de pozos es una práctica acometida desde la Edad del Bronce temprana o incluso anterior (Angelakis et al., 2016). En la actualidad existen aproximadamente 200.000 pozos en Grecia (Karamanos et al., 2005).

Desde la Proclamación de Independencia en 1828, se han efectuado intensos esfuerzos para efectuar obras hidráulicas. La primera relevante, iniciada en 1865, fue el drenaje del lago Copais para la irrigación de tierras de cultivo. Posteriormente, se llevaron a cabo proyectos de recuperación de tierras a nivel nacional tras la llegada de 1,5 millones de refugiados procedentes de Asia Menor entre 1922-1923. Así, se aumentó la superficie cultivable y la productividad del suelo, en combinación con una explotación intensiva de la tierra (Papadopoulos y Salapas, 1978, citado en Karamanos et al., 2005).

Estos desarrollos comenzaron en 1925 y continuaron posteriormente. Se han efectuado proyectos de mejora de tierras a gran escala, con obras de protección contra inundaciones, el drenaje de pantanos y lagos, la recuperación de tierras, la estabilización de cuencas hidrográficas en áreas montañosas y la irrigación. Ello ha supuesto un destacado incremento de la superficie irrigada cultivada desde principios del siglo XX (Karamanos et al., 2005).

Después de la Segunda Guerra Mundial, las obras hidráulicas se han desarrollado de forma creciente, con el uso de manantiales y pozos, y la regulación de cauces fluviales. En general, los embalses predominan en áreas montañosas, mientras que las cisternas se emplean en zonas insulares y de mayor aridez (Evelpidis, 1963).

En definitiva, la gestión del agua en Grecia ha conllevado una constante adaptación a sus rasgos geográficos, desde los primeros desarrollos hidráulicos hasta los esfuerzos contemporáneos, lo que demuestra la relevancia de la irrigación en la construcción de su paisaje y su historia.