La región de Oriente Próximo, donde se situaba la antigua Mesopotamia, se caracteriza por la aridez y escasez de recursos hídricos, por lo que el aprovechamiento del agua ha sido esencial para su desarrollo y la prosperidad de sus civilizaciones. Este territorio es uno de los orígenes de la irrigación, desde donde se difundió al resto del Mediterráneo y a otras regiones. Así, las primeras grandes civilizaciones basadas en la agricultura de regadío surgieron en este espacio.
En numerosos territorios de Oriente Próximo aún se pueden observar vestigios de antiguas estructuras y sistemas de riego datados entre el 5500 y el 2000 a. C. Estos primeros sistemas de irrigación establecieron los principios que han dado lugar a las tecnologías hidráulicas actuales.
En los albores del primer milenio a. C. comenzó a emplearse el arado con reja de hierro en el Próximo Oriente, que se difundió por Europa a finales del referido milenio. En este periodo se introdujo el sistema de rotación de tres cultivos: cereales, avena y legumbres. En los periodos subsiguientes se sofisticaron los mismos sistemas y conocimientos, de modo que la vid y el olivo se cultivaban mediante el sistema de terrazas o jardines colgantes. En las llanuras se empleaban canales y drenajes junto con métodos de riego y desagüe (Laureano, 2005).
En este sentido, a lo largo de los siglos, las civilizaciones de la región emplearon diversas prácticas para optimizar el uso del recurso hídrico en un entorno árido.