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3. Afrodita, la diosa del amor y la belleza

 

Tanto la Afrodita griega como la Venus romana proceden, independientemente, de Ishtar, la diosa asirio-babilónica, reina y señora del Cielo y de la Noche, adoptada por los fenicios con el nombre de Astarté (fig. 33). Según Pausanias (Descripción de Grecia, 1.14,7): “Los primeros hombres que veneraron a Afrodita Urania fueron los asirios y los fenicios que habitaban Ascalon en Palestina y los de Citera la veneran por haberlo aprendido de los fenicios. En Atenas lo estableció Egeo”. Los mitos y la arqueología acreditan que la diosa oriental penetró en Grecia a partir de Chipre, en cuya capital, Pafos, estaba el templo más importante de la Antigüedad. Otros dos grandes centros de culto fueron Corinto y Erice, en  Sicilia; en ellos, siguiendo la tradición fenicio-babilonia, se practicaba la prostitución sagrada. Esta costumbre, considerada execrable por Heródoto (1.199), fue condenada por autores cristianos como San Pablo y Eusebio de Cesarea y terminó siendo prohibida por el emperador Constantino (306-337).

En Homero (Ilíada, 5. 370 ss.) Afrodita es hija de Zeus y Dione; sin embargo, según Hesíodo (Teogonía, 190 ss.), era más antigua que los Olímpicos y no tenía madre: nació cuando el Cielo se separó de la Tierra, del esperma de Urano que cayó en el Ponto, el Mar primordial (Unidad 2.1); la diosa navegó hasta Citera y, luego, arribó a Chipre. De ahí, explica Hesíodo, que se llamara “Afrodita” (“la nacida de la espuma”, de aphrós) y los apodos de “Filomedea” (“nacida de los genitales”, de mêdos), “Citerea” y “Cipria” o “Cipris” (es decir, “chipriota”). Con este episodio se relacionan las imágenes de Afrodita saliendo del mar (“anadiómena”) y dentro de una concha, a veces, acompañada de animales y deidades marinas (figs. 34-35-36).

El Himno homérico VI. A Afrodita (6 ss.) describe su llegada a Chipre, impulsada por el viento Céfiro “a través del oleaje del mar muy resonante, entre blanda espuma”, y cómo las Horas la vistieron, la coronaron y la  adornaron con pendientes y collares de oro. Esta escena, plasmada en el arte griego por el Trono Ludovisi (fig. 37), ocupa un lugar privilegiado en el imaginario de la Cultura Occidental por obra y gracia de Botticelli, en cuyo “Nacimiento de Venus” (1485, fig. 38) están presentes no sólo los vientos Céfiros y una de las Horas del texto mítico, sino también varios símbolos de la diosa: el mar, la venera, las rosas, las anémonas y los mirtos. Otros atributos suyos son el espejo, la manzana - símbolo de fecundidad y de su victoria en el Juicio de Paris-, las palomas, que tiran de su carro, y los cisnes (fig. 39).

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