El poeta Esquilo compuso una tetralogía sobre el mito de Prometeo de la que solo conservamos completa la tragedia Prometeo encadenado. Las otras dos tragedias serían Prometeo portador del fuego y Prometeo liberado (sobre el drama satírico no hay consenso). De este modo el dramaturgo ateniense llevaba a escena todo el mito a fin de ensalzar a Zeus como garante de justicia (díke).
En una de las intervenciones del Titán, el poeta introduce su visión de cómo sería la Humanidad primitiva antes de los numerosos beneficios conseguidos gracias a Prometeo, texto que resulta interesante comparar con los mitos vistos en la Unidad acerca de los primeros hombres, sus edades, su evolución, etc.
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"PROMETEO.- No penséis que yo callo por arrogancia ni por orgullo; al contrario, mi corazón se consume por la inquietud de verme así ultrajado. Y, sin embargo, a estos nuevos dioses, ¿quién sino yo les repartió por entero sus privilegios? Pero esto me lo callo, pues os lo diría a vosotras que ya lo sabéis. Escuchad, en cambio, las penalidades de los mortales, cómo a quienes antes eran como niños, los convertí en seres racionales y capaces de pensar. Os lo diré sin tener reproche alguno para los hombres, sino para poner de manifiesto la buena disposición que había en lo que les di. Ellos, al principio, mirando en vano veían y escuchando no oían, sino que, semejantes a los fantasmas de los sueños, a lo largo de sus vidas mezclaban todo confusamente, y no conocían las casas de adobes secados al sol ni el trabajo de la madera: vivían soterraños como ágiles hormigas en la profundidad sin sol de las grutas. No tenían signo fidedigno del invierno ni de la florida primavera ni del fructífero estío, sino que todo lo hacían sin criterio, hasta que yo les enseñé los ortos de las estrellas y sus ocasos difíciles de discernir. Y también les descubrí el número, el más sobresaliente de los inventos, y las uniones de letras, memoria de todas las cosas, madre artífice de las Musas. Y uncí el primero en el yugo a las bestias, que se someten a las colleras y a los hombres, a fin de que fueran los sustitutos de los mortales en los trabajos más fatigosos, y llevé bajo el carro a los caballos dóciles a las riendas, ornato del opulento fasto. Y ningún otro sino yo inventó los carros de los marinos que surcan el mar con alas de lino. ¡Yo, mísero de mí, que he descubierto tales artificios para los mortales, no poseo un saber con el que pueda librarme del presente infortunio!"
Esquilo, Prometo encadenado 436-471 (trad. E. Calderón Dorda, Madrid, CSIC, 2015)