Los regadíos históricos han sido durante siglos uno de los agropaisajes más característicos y emblemáticos del ámbito mediterráneo y de una buena parte del planeta. Ubicados en las vegas fluviales, las zonas de montaña o los desiertos, estos sistemas han desempeñado un papel crucial no solo desde el punto de vista socioeconómico, sino también desde el ambiental. Su funcionamiento está ligado al uso sostenible de los recursos naturales y al mantenimiento del paisaje, lo que genera un marcado contraste paisajístico y ambiental, especialmente en entornos áridos. La importancia de su conservación se hace más evidente cuando se reconoce su papel multifuncional en la provisión de servicios ecosistémicos como los descritos, sin embargo, la migración hacia áreas urbanas, la modernización de la agricultura y la falta de oportunidades económicas para la población han generado un cambio significativo en el manejo y uso del territorio, que en numerosas ocasiones está llevando a su abandono, con consecuencias no solo para la población, sino también para la biodiversidad (Lloret et al. 2024). Surge, por tanto, el reto de incentivar prácticas agroecológicas que conecten la producción agrícola con la conservación de la biodiversidad y de los ecosistemas, algo que, como hemos visto, es consustancial a los sistemas de regadío históricos.
Un ejemplo claro en este sentido es el del sistema de acequias de careo en Sierra Nevada, cuyo análisis, como hemos visto, evidencia una situación de vulnerabilidad derivada de factores sociales, ambientales y económicos. La falta de oportunidades económicas para la población, la introducción de métodos agrícolas modernos y cultivos más productivos, y las transformaciones del paisaje a través de repoblaciones masivas durante el siglo XX, han llevado al abandono de las prácticas tradicionales y a la pérdida del conocimiento ecológico local asociado. Por otro lado, la modificación de los patrones de precipitación y el incremento de las sequías que conlleva el cambio climático, así como las limitaciones impuestas por la legislación ambiental, dificultan las actividades necesarias para el mantenimiento del sistema. A esto se suman conflictos socioeconómicos, con percepciones de una distribución desigual de costos y beneficios, ya que las comunidades locales asumen los costos de mantenimiento, mientras que otros se benefician. También se observa un escaso apoyo institucional y una crisis generacional, con una población rural envejecida y una baja renovación de regantes. Aunque el sistema aún opera en muchos lugares, todos estos cambios socioecológicos enfrentan al sistema tradicional a desafíos significativos que ponen en riesgo su sostenibilidad y su capacidad para seguir prestando servicios ecosistémicos clave.