La importancia de la naturaleza para el bienestar humano ha sido objeto de atención desde siempre, pero particularmente en las últimas dos décadas, momento en el que se han desarrollado importantes avances científicos y políticos para valorarla como elemento indispensable de nuestro bienestar. En 1997, dos equipos de investigadores compilaron investigaciones pioneras y reflexiones interdisciplinares sobre cómo las funciones de los ecosistemas benefician a la sociedad.
Equipo liderado por Gretchen Daily
Dio forma a la idea de que los ecosistemas no solo son valiosos por sus componentes biológicos, sino también por los beneficios, tanto tangibles como intangibles, que aportan a la humanidad (Daily et al. 1997).
Equipo liderado por Robert Costanza
El equipo liderado por el economista ambiental Robert Costanza proporcionó una visión mucho más pragmática del tema, al estimar el valor económico anual de los beneficios proporcionados por 16 biomas mundiales. El trabajo de Constanza y colaboradores (Costanza et al., 1997) marcó un hito al destacar el valor monetario de la biodiversidad, lo que supuso un fuerte impulso para promover el concepto de servicio ecosistémico en la comunidad internacional. Posteriormente, el concepto ganó fuerza gracias a la iniciativa de Naciones Unidas a través del programa para la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (MEA, 2005), que consolidó definitivamente la idea de los servicios ecosistémicos como los beneficios directos e indirectos que los humanos obtenemos de los ecosistemas.
A pesar de las críticas recibidas por el enfoque monetario al que se asoció el concepto de servicio ecosistémico desde sus orígenes, lo cierto es que, en la práctica, ha sido una herramienta efectiva para analizar las relaciones entre la humanidad y la naturaleza (Tallis et al., 2011) y aún se sigue desarrollando. Desde la MEA (2005), este enfoque ha evolucionado para considerar el bienestar humano desde una perspectiva multidimensional, abarcando componentes sociales, ambientales, materiales, espirituales y emocionales (Agarwala et al., 2014; Cruz-García et al., 2017). Este avance permitió reconocer la importancia de los ecosistemas no solo por su utilidad económica, sino también por su capacidad de generar relaciones significativas con la naturaleza y con otros seres humanos, así como por su valor intrínseco (Jax et al., 2013; Chan et al., 2016; Pascual et al., 2017).
En la última década, la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) ha desarrollado una perspectiva más holística en la evaluación del valor de la naturaleza para las personas, que trasciende el valor monetario. La perspectiva actual ha llevado a la propuesta del concepto de “contribuciones de la naturaleza a las personas” (CNP), y al reconocimiento de la diversidad de valores de la naturaleza ha conducido al desarrollo de enfoques de valoración integral y plural. Este último enfoque busca capturar las múltiples formas en que los ecosistemas son significativos para las personas, abordando las sinergias, los trade-offs y la coexistencia de diferentes perspectivas de valor (Jacobs et al., 2016; Arias-Arévalo et al., 2017; Pascual et al., 2017). El concepto de CNP amplió la noción de servicios ecosistémicos para abarcar tanto los beneficios materiales como los valores culturales, espirituales y éticos asociados a los ecosistemas. Esto ha facilitado la integración de cosmovisiones locales y ha promovido la participación de actores tradicionalmente excluidos en los procesos de toma de decisiones (Díaz et al., 2015; Jacobs et al., 2016). Además, se han aplicado estos conceptos a la gestión del territorio, especialmente en contextos de conflictos ambientales, promoviendo la justicia ambiental.